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17 may 2010

VERDAD ABSOLUTA Y VERDAD RELATIVA

Guillermo Guevara Pardo, Tribuna Magisterial, Bogotá, febrero 28 de 2010.

¿Son las teorías científicas una descripción aproximadamente fiel de la realidad material? ¿Existe la verdad objetiva? ¿Qué se quiere decir cuando se afirma que la verdad es absoluta y relativa? ¿Es cierto que no existen verdades absolutas? La respuesta que demos a estas preguntas definen los límites entre dos concepciones filosóficas irreconciliables: el idealismo y el materialismo. El materialismo reconoce el carácter objetivo de la verdad, es decir, independiente del hombre y aprehendida a través de los órganos de los sentidos; reconocer la verdad objetiva, significa admitir de una u otra manera la verdad absoluta. Por el contrario, para el idealismo: “No existe algo llamado verdad objetiva. Nosotros mismos hacemos nuestra propia verdad. No existe una realidad objetiva. Nosotros hacemos nuestra propia realidad. Somos incapaces de adquirir conocimiento de la verdadera naturaleza de la realidad”, palabras que hacen parte del credo de ese oscuro movimiento seudoreligioso conocido como New Age o Nueva Era y que está en consonancia con las concepciones filosóficas de reconocidos pedagogos constructivistas como Evon Guba e Ivonne Lincoln para quienes “si no hay una realidad objetiva… entonces no hay leyes naturales, por lo tanto, las atribuciones de causa-efecto no son más que eso: imputaciones mentales”, lo que los lleva a concluir que la verdad “es simplemente la construcción más informada y sofisticada sobre la cual hay consenso entre los individuos más competentes… para formar tal construcción”. Para los epistemólogos idealistas los científicos no descubren verdades, lo que los hombres de ciencia hacen es sólo construir modelos y conjeturas, negando de paso la posibilidad de conocer el mundo de un modo completo.

Para el materialismo la verdad es el reflejo de las cosas del mundo exterior en la conciencia del hombre. La verdad no es la propia realidad, sino el contenido objetivo de los resultados de la actividad científica. Las teorías científicas, cuando son verdaderas, son una representación de los fenómenos que ocurren en la naturaleza. Es verdadero todo aquello que se corresponde con la realidad; la verdad se alcanza a través de la investigación en el mundo real. Lo que existe no es ni falso ni verdadero, simplemente existe, es. Lo que resulta ser falso o verdadero son las teorías que se elaboran acerca de lo que existe, pero no la propia realidad: los modelos de la organización interna del Sol son los que deben ser sometidos a contrastación, no el hecho que el Sol, y todo tipo de estrella, tiene una organización interna. Para el idealismo la verdad no tiene carácter objetivo pues ese sistema filosófico niega la objetividad del mundo material. Con el materialismo sucede todo lo contrario: para este modo de pensamiento filosófico es básico el reconocimiento del carácter objetivo de la verdad.

Para el idealismo la verdad es subjetiva, pues como son los seres humanos los que con sus investigaciones logran el conocimiento científico y, puesto que la verdad no existe sin el hombre, entonces la verdad objetiva no existe, ésta siempre será de naturaleza subjetiva. Aunque es cierto que es el hombre quien enuncia verdades, su contenido no depende de la existencia de la humanidad; la verdad surge del mundo real, el hombre no la crea, la enuncia; ella es el reflejo de lo que sucede en la realidad objetiva: “las células eucarióticas son aquellas que tienen un núcleo claramente diferenciado del citoplasma que lo rodea”. Esa es una verdad de la biología. Este hecho existe desde miles de millones de años antes que los biólogos del siglo XIX observaran el núcleo en distintos tipos de células y plantearan una generalización. La verdad tampoco depende de lo que aceptan los hombres o del “consenso de los que más saben”; tampoco es una forma organizadora de la experiencia humana, pues de ser cierto, entonces no habría manera de verificar la existencia del mundo antes de la existencia de los seres humanos.

La verdad, como unidad dialéctica de contrarios, tiene dos aspectos: el absoluto y el relativo. En un sentido amplio la verdad absoluta es el conocimiento exhaustivo, fiel, del mundo en su totalidad, conocimiento que se constituye en un ideal al que la humanidad tiende. La verdad relativa es la representación correcta, pero incompleta, de la realidad, que se profundiza y puntualiza con cada avance parcial de la ciencia. En cada verdad relativa hay elementos de la verdad absoluta; negar el aspecto absoluto de la verdad es negar la existencia de la verdad relativa, así como negar el carácter objetivo de la verdad conduce al agnosticismo y el subjetivismo. La verdad absoluta se constituye de verdades relativas, así como una serie infinita está formada por elementos finitos: todo lo que actualmente se sabe sobre la estructura y función de la molécula del ácido desoxirribonucleico (ADN) constituye una verdad absoluta, que se ha alcanzado por la acumulación de verdades relativas logradas a través de la Historia. Decir que la velocidad de la luz es de 300.000 kilómetros por segundo es una verdad absoluta, pero no eterna, acabada; tiene su aspecto relativo como lo han demostrado científicos de la Universidad de Harvard quienes en 1999 lograron frenar la luz hasta una velocidad de 17 metros por segundo y luego en 2001 detenerla completamente y volverla a poner en marcha.

La concepción materialista de la verdad presupone que no existe una separación radical entre los aspectos absoluto y relativo de la verdad, como lo pretende el pensamiento metafísico. La ley de Boyle es una demostración de ello: según esta ley el volumen de un gas, a temperatura constante, varía de manera inversa con la presión aplicada. Así, si un gas ocupa un volumen de 1 litro a una presión de 4 atmósferas, ocupará 4 litros a una atmósfera. La ley de Boyle mantiene su carácter absoluto a presiones moderadas, pero deja de serlo a presiones elevadas.

El conocimiento que el hombre va adquiriendo del mundo exterior, es absoluto y relativo: la teoría atómica de Demócrito era relativa, pero también contenía un aspecto de verdad absoluta. Era relativa porque el pensador griego creía que los átomos eran indivisibles; hoy sabemos que el átomo es completamente divisible y que inclusive los protones y los neutrones no son elementales pues están formados por otros componentes llamados quarks; y absoluta, pues toda forma de organización de la materia que conocemos es atómica.

La contradicción entre los aspectos relativo y absoluto del conocimiento científico está en la base del progreso de la ciencia, noción contra la cual se manifiestan los defensores del concepto del relativismo científico del posmodernismo “que proclama que no hay verdadero progreso en el conocimiento objetivo sino teorías que ganan y teorías que pierden prestigio en un momento y en una sociedad determinada por razones que no tienen mucho que ver con los datos empíricos”, apunta con acierto Juan Luis Arsuaga paleontólogo de la Universidad Complutense de Madrid.

14 feb 2009

EL LEGADO DE DARWIN PARA LA BIOLOGÍA MODERNA Y EL ORIGEN DE LA VIDA

Ángela Rocío Quevedo Isaza*, Bogotá, febrero 12 de 2009

En la conmemoración del bicentenario de uno de los hombres más revolucionarios de la historia, Charles Darwin, el padre de la evolución, y a los 150 años de la obra más importante del siglo XIX, El origen de las especies, cuyo título completo es El origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecidas por la vida, sigue la lucha entre las dos concepciones del mundo, la materialista y la idealista. Hoy en día, la teoría de la evolución, confirmada por los avances de la genética y demás disciplinas, permite a la humanidad avanzar en los descubrimientos científicos y combatir la teoría creacionista, que plantea todavía que la “primera mujer fue producto de una costilla”.

A raíz de sus observaciones en uno de los viajes al continente americano a bordo del HMS Beagle, Darwin estableció una polémica pero fascinante teoría, según la cual, una misma especie sufre cambios que dependen del lugar donde habita y que se adaptan a una serie de condiciones que les impone el medio. La tan aceptada historia bíblica de que Dios había creado las especies optando por colocarlas en puntos particulares, empezó a ser rebatida a fondo por Darwin, que al comparar especies extintas con especies vivas, encontró que entre ellas había parentesco y sucesión.

Para explicar lo anterior, planteó la posibilidad de que una especie engendrara a otra, lo que llamó transmutación. Con la ayuda de los científicos Gould, Owen y Thomas Bell, cada uno desde su área, planteó en sus apuntes una sospecha: “¿Y si una especie se transforma en otra?”. Esto dio origen a la teoría de la selección natural, pues Darwin agregó a su idea original la reproducción excesiva y la lucha por su existencia. Darwin también propuso como guía de la evolución la selección sexual:

“Esta forma de selección depende de la lucha entre individuos de un mismo sexo, y generalmente entre los del masculino, para llegar a la posesión de las hembras. El resultado para el competidor vencido no es la muerte, sino poca o ninguna progenie, siendo por lo tanto la selección sexual menos rigurosa que la selección natural.

“Generalmente, los machos más vigorosos o aquellos que están mejor preparados para ocupar sus puestos en la naturaleza dejaran mayor descendencia (…) La guerra más severa tiene lugar entre los machos de los animales polígamos, que muy a menudo están provistos de armas especiales, y los machos de los animales carnívoros también se presentan bien armados, aunque a ellos y a otros pueda darles la selección sexual especiales medios de defensa, como la melena al león, la mandíbula de gancho al salmón, pues el escudo puede ser tan importante para la victoria como la espada o la lanza”.(1)

Darwin prefirió no tocar el tema en humanos pero sostuvo:

“La selección sexual podría dar cuenta de las diferencias raciales en los humanos: “Hemos visto que cada raza tiene su propio estilo de belleza (…) La selección de las mujeres más atractivas por parte de los hombres más poderosos de cada tribu, que en promedio criarían un mayor número de hijos, después de muchas generaciones modificaría en cierto grado el carácter de la tribu”.(2)

Sobre el último punto, los expertos aún no se ponen de acuerdo, pero hay indicios de que Darwin podría tener razón, al menos en parte, dice Ole Seehausen, de la Universidad de Bern y del Instituto Federal de Ciencia y Tecnología Acuática de Suiza.

Darwin murió sin saber en qué había de parar su teoría evolucionista. Según varios historiadores, fue Alfred Russel Wallace, un joven naturalista inglés, quién planteó sin saberlo la teoría de la evolución, a la que le llamó “Sobre la tendencia de las variedades de apartarse indefinidamente del tipo original” y que pasó a la historia como socio de Darwin. La teoría de la evolución tuvo su concreción cuando Francis Crick y James Watson descubrieron que las células tenían un código que contiene la información usada en el desarrollo y el funcionamiento de los organismos vivos conocidos. Con la Genética se inicia la era de la Biología Molecular, desarrollada a tal punto que el 26 de junio de 2000 logró hacer la secuenciación completa del genoma humano. La evolución es la base de biología y la ciencia modernas y una teoría revolucionaria que pone al desnudo las tradiciones teológicas y mitológicas, así se disfracen bajo un ropaje seudocientífico, como la llamada teoría creacionista del “diseño inteligente”.

La evolución y el origen de la vida seguirán estando en discusión, porque aún falta establecer varios hechos. Pero, sin duda, el legado de Darwin permitirá el desarrollo de la ciencia moderna hasta estadios hoy inimaginables.

(1) DARWIN. Charles. El origen de las especies. 1859 (2) IDEM

*Miembro de la Organización Colombiana de Estudiantes OCE - Bogotá